13 d’octubre de 2001

Aneto: el monarca del Pirineo

No es ni de lejos la montaña más bonita de Pirineos, pero sí es la más alta y me había propuesto subirla con Nacho y Mariluz, a quien habíamos conocido en Picos un par de meses atrás. El mal tiempo nos hizo cambiar los planes y me tuve que enfrentar yo solo al monarca del Pirineo.


Corría el mes de octubre de 2001. Las nubes parecen retirarse a medida que se acerca la noche. Mañana es el gran día.


Tras un sábado lluvioso y desapacible en Benasque, amanecía tímidamente en el valle de Vallibierna en el Pirineo oscense.


Me encaminé en solitario hacia mi objetivo deteniéndome mil y una veces para probar los crampones.


Comencé a subir solo, con la ayuda de un mapa y una brújula. Sin GPS ni demás aparejos que tenemos en la actualidad. No sabía realmente qué me iba a encontrar, pero la ilusión por coronar el Aneto tras un intenso verano pisando montañas daba alas a mis botas.


Un descanso cerca de los Ibones de Coronas. Al fondo, a mi espalda, el Aneto.


Tardé aproximadamente unas 3 horas o un poco más en llegar al paso más comprometido hasta llegar al glaciar: una trepada para alcanzar el collado de Coronas.


Lo superé sin apenas dificultad, y contemplé con emoción el glaciar de Aneto. Es verdad que está en retroceso, es verdad que cada vez hay menos nieve, es verdad que... sí, sí, eso es verdad, pero era mi primer glaciar y estaba ansioso por estrenar mis crampones nuevos. Nada más calzarlos...rassss: un agujero en la pernera del pantalón...uf, por qué poco no me dejo la pierna antes de llegar arriba.

Caminé despacio por el glaciar hasta alcanzar la huella marcada por aquellos que subían desde el refugio de la Renclusa por la normal de Aneto.


Llegué a la antecima y se abrió ante mí el famoso y temido paso de Mahoma. Estuve un rato observando cómo lo iban pasando con más o menos dificultad los montañeros que allí se congregaban.


Decidí que era mi turno y me propuse pasar. El primer paso comprometido fue pasar a lomos de un gigantesco bloque de granito que tiene una repisa pequeña que no se ve al otro lado. Una vez superada la impresión de ver el vació bajo mis pies, progresé hasta llegar a la cruz. Lo más jodido fue al llegar a ella. Levanto la cabeza y no calculo bien la altura del brazo de la misma. Mi cabeza golpea la cruz, aunque sin consecuencias, por suerte.


Estoy en la cima del Pirineo.


Un vistazo al camino recorrido por los Ibones de Coronas. Toca extremar precauciones y descender de nuevo atravesando el temido paso de Mahoma.


Atrás queda la cruz, atrás queda el reto conseguido. Me siento feliz y orgulloso conmigo mismo por haber podido superar mis dificultades y haber sabido llegar a casa sin ningún percance.